Toda la vida me han enseñado a ser buena persona, a seguir el ejemplo de Jesucristo y poner la otra mejilla, a no ser rencorosa, a pensar siempre que la gente actúa con buenas intenciones y a veces sólo se equivoca. Tengo mi cabeza adecuada a pensar de esa manera y mis sentimientos moldeados con esas bellas intenciones. Paso por ingenua?? Sí, por supuesto. Pero ahora tengo pena mezclada con rabia. Me traicionaron en mala onda. O siento que lo hicieron. No sé si es sólo el acto o es más lo que siento. No sé si lo pensaron. No sé si solamente siento que hubo traición.
Me imagino que si uno siente que le clavan un puñal por la espalda es porque es traición ¿o no? ¿Basta sólo con sentirlo? Hoy está nublado y aparecen en mi campo visual las personas que me producen esta sensación y me hace sentir mal. Como tonta por entregar confianza a quien no merece. Como ingenua por no darme cuenta de los planes de otras personas. Siento rabia profunda por ser ambas. Por verme con esas características sin haberme dado cuenta.
A pesar de todo, siempre tiendo a pensar que no hubo mala intención, que en realidad no hubo mala onda, que sólo fueron las circunstancias de la vida, los caminos de la vida los que llevaron las cosas hasta donde están.
La rabia y la pena se mezclan porque los lobos se disfrazan de ovejas y las verdaderas ovejas se ponen demasiado mansas y se dejan manejar. Las culebras se arrastran, pero es sólo en apariencia porque su frialdad las hace ser traicioneras hasta consigo mismas. Su piel cambia de acuerdo a dónde están, de acuerdo a quien las toca. Quien las toca también debe cambiar su piel. Eso es lo que hay que hacer cada vez que a uno lo traicionan. Cambiar la piel.
Cuesta sacarse las cicatrices que dejan las experiencias malas. Pero las experiencias malas son las únicas que dejan enseñanzas imborrables. Sin llegar a ser traumas.
Pero igual a veces te vuelven a engañar.
Ser confiada, implica equivocarse.
Ser buena persona, implica pasar por tonta.
Poner la otra mejilla, implica que te caguen más de una vez.
Pensar que la gente actúa con buenas intenciones, me arregla un poco el ánimo.
Me ayudó a recuperarme de la traición – o la sensación de traición – pero me volvió a pasar. Creí en las sonrisas, en las buenas palabras de unos momentos, en las lágrimas compartidas, incluso. Por eso no alcancé a ver que me estaba sucediendo de nuevo. Esta vez dolió porque no pensé que volvería a pasar. Pero ésta es la última vez. Me he preocupado de recordar y recordar lo que pasó, cómo pasó y por qué pasó. No por rencor. No por masoquista. Sólo para aprender. Espero que esta vez me resulte. Ya no me quedan más mejillas.
domingo, septiembre 26, 2004
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