Lo conocí en invierno. En una noche negra de julio. Entre la lluvia copiosa apareció su rostro y sus ojos brillantes. Los vi con un brillo que me dijeron que algo muy especial tendrían para mí.
Debo confesar que me costó convencerme de aceptar su primera propuesta a ir a caminar entre las olas. Tenía miedo de entrar en el agua fría. En esas aguas que tantas veces se habían tornado torrentosas y me dejaban a la deriva. Mucho tiempo había pasado desde la última ocasión en que había aceptado ir a nadar acompañada y no me había resultado tan placentero. La soledad era mi nombre y la estaba aceptando. De repente apareció este delfín transparente que me invitaba a pasear en la resaca de arena. Por fin, acepté.
Miré sus ojos miel y me atreví a nadar con él. Me ofrecía confianza a toda prueba. Pero yo seguía dudando. Primero toqué el agua con temor. Luego fui metiéndome poco a poco hasta que me acostumbré a la temperatura. Se sentía tibio. Ya no se me enfriaban las manos con tanta facilidad como antes. Las carcajadas salían a borbotones. Pero esta vez venían desde mi alma. Mi corazón estaba feliz. Y lo sigue estando.
El agua ha pasado. El torrente ha crecido. El agua se ha puesto cada vez más transparente. Pero sigue cada vez más tibia. Ya no quiero salir de ella.
Recobré la confianza y la tengo a mi lado. Lo miro y lo veo con sus ojos brillantes todavía. Me sonríe y yo a él. Sonreímos. Bailamos. Cantamos. Somos felices. Cada vez más.
El agua marcó nuestro inicio y sigue en nuestras vidas, pero ya no es negra la noche. Ahora está iluminada. Las luces de esos bellos ojos son las que alumbran la sonrisa que tengo al verlo en mi memoria mientras escribo. Es fácil decir que encontré mi compañía, mi delfín y mi río. En los únicos en que soy feliz como nunca antes.
sábado, agosto 14, 2004
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